Los mejores años de mi vida

 

Solo esperaba que llegaran las vacaciones escolares, para poder ir a la casa de mi abuela.

Mi abuelo había muerto hace tiempo, antes que yo naciera. Mientras mi abuela estuvo viva, fue la máxima alegría que alcancé a recibir de mis seres cercanos y queridos

Para presentarla la llamo así abuela, a ustedes que no la conocen; de ahora en adelante me voy a referir a ella como siempre lo he hecho:

Mi mama María

Viuda, le toco seguir con el negocio, administrar la hacienda, vender las cosechas, atender la tienda.

Una mujer con una energía tan fuerte para realizar las actividades del campo, tener la cosecha a tiempo, cosechar e ir a venderla; coordinar el transporte, manejar a la gente, a los peones, pagar los compromisos, con una especial vitalidad para dirigir todo. Seguridad de lo que se tenía que hacer y reclamar cuando no se hacía como ella quería.

Esta forma tan enérgica de ser, en lugar de servir de ejemplo y animar a sus hijos, los desanimo y empaño su energía, su iniciativa. Nosotros, los nietos, recibimos esa fuerza y energía de mejor manera.

Su forma de ser, su carácter, estar siempre alegre, de buen ánimo y continuar trabajando; a pesar de todos los inconvenientes propios de un negocio, de trabajar en el campo, de las personas, de los hijos, etc.

Ninguno de sus hijos quiso seguir el negocio familiar, cada uno tiro para su lado, los nietos solo pudimos saborear por unos años la gloria de buenas cosechas, de abundancia de cariño, caricias y de vivir tranquilos.

Una mujer alta, fuerte, solo le conocí con un traje, su vestido negro

  • su traje de luto; que utilizo hasta cuando la enterraron.

La vi por última vez cuando la estaban cambiando de ropa. En los afanes del velorio y próximo entierro, mi madre se desentendió de nosotros. Entre en la habitación donde la estaban vistiendo, Mi mama y mi tía, no lloraban solo preocupadas por vestirla, levantaron su cuerpo, parecía que no pesaba mucho
«será que la dejaron sin nada por dentro» dijo mi madre

  • su rostro era como si estuviera dormida.

la vistieron con el vestido negro, que llevo desde que murió el marido; y le volvieron a poner un vestido negro para su último viaje.

Se me pidió salir de la habitación, para que no viera lo que estaban haciendo. Al final me pude acercar un momento al féretro a través del cristal transparente, lo pude ver por última vez.

No llore a mis nueve años de su muerte; llore uno días después, cuando comenzaron las peleas por la herencia, quien se quedaba con la casa, con los terrenos, con la tienda.

Vivíamos en la capital, mi padre un hombre serio, profesor de historia y geografía. Con quien era difícil de hablar, solo cuando fui mayor de edad pude tener una conversación con él. Mi mama eternamente risueña dedicada a los que haceres de la casa; siempre estaba ocupada con las tareas del hogar, que la dejaban agotada, para volverse a levantar al día siguiente a seguir con las tareas del hogar.

Con ninguno de ellos se podía intercambiar información, ambos tenían la excusa perfecta para no poder acercarnos y conseguir respuestas; pero era de agradecer que nunca falto nada en la casa, solo alguien con quien poder conversar.

La suerte fueron mis profesores de la primaria, buenos profesores, estudié en un instituto experimental.

Llamado así porque el profesor de música era un musico y el que nos toco en mi clase era compositor reconocido, el profesor de pintura lo mismo era un pintor reconocido, gracioso en su caminar, en la forma de pintar, con los movimientos estudiados, de alguien que utiliza esa postura durante muchas horas.

Me gustaba pintar con los colores suaves, no me gustaba los colores oscuros, ni cargar la pintura, era como pintar mi carácter suave y tranquilo, en armonía.

Cuando le llevamos nuestros trabajos, ansiosos de conocer su opinión, contestaba:

  • Pon más fuerza, más color

Tenía unos lentes con cristal grueso y de color verde, no me molestaba su opinión, porque imaginaba que los lentes no dejaban ver mi obra.

Cuando llegaban las vacaciones mi madre llevaba a sus cinco hijos a la casa de la abuela, al pueblo de mi mama María, a la Punta de Bombón.

Después de salir de viaje cuando ya nos acercábamos al pueblo; un valle costero, en verano en la sierra llovía y en la costa bajaba el río cargado de agua y de todo lo que arrastraba, se sentía el olor del rio, de las plantas, todo nuevo a diferencia de la ciudad, de la capital, una diferencia total al ambiente de mi casa.

Tenía experiencia de anteriores veces, de haber ido al pueblo, a la Punta de Bombón; dentro del grupo de primos ya todos morenos por el sol del verano yo aun blanco era conocido como el forastero.

Me divertía siguiendo a los demás, que se peleaban por enseñarme a subir a las higueras, ir a pescar con chinguillo camarones al rio, comer camote recién horneado en la arena, ir a la chacra a comer, que digo, a chupar caña de azúcar. Ver como se movían lo peces en el rio, los camarones con sus pinzas.

La Punta de bombón, un sitio de contrastes, donde la devoción por nuestro señor Jesucristo, el recogimiento en las horas de ceremonia, para luego la fiesta y los juegos artificiales, de la seriedad a la diversión.

Se podía decir que estaba preparado académicamente para poder discernir entre ellos y yo, “el forastero”

El calor del verano, la fuerza del sol, la despreocupación por no tener la presión de la casa y ni un motivo de que preocuparme.

Mi mama María me llevaba con ella en ocasiones para ir y venir a vender la cosecha, en la capital.

Ya la conocían y tenía su alojamiento reservado en la “Casa Rosada” así se llamaba donde pasábamos noche y luego llevar genero para vender en la tienda de la casa.

Directamente no me enseñó nada, pero con solo verla hacer aprendí mucho, yo era un niño con hambre de querer aprender, poder compartir de la vida, cosa que no era posible con mis padres.

Ha pasado mucho tiempo desde esa época.

Me alegra mucho sentir nuevamente el olor del rio, ahora que regreso a mi pueblo querido, a pasar unos días de vacaciones con mis hijos.

Entro en la tienda, lo que queda es el mostrador donde despachaba las mercaderías. Lo que me hace recordar.

Un día mi abuela recibió a un hombre, hombre que le había pedido prestado dinero hace tiempo, y; se acercó con una cantidad de dinero irrisoria a cumplir con algo el préstamo, que ya estaba tardando en pagar, yo estaba contemplando la escena.

El hablo de que traía algo para compensar lo prestado.

Ella lo miro a él y a lo que le quería dar, se sonrió, luego me miro a mí

 y le dijo al hombre:

  • Regresa cuando tengas más,
  • que no me corre prisa

El hombre salió más rápido de como entro

Mi mama María me volvió a ver y continuo con el trabajo

Días después falleció mí mama María, y; el señor del préstamo se enteró de su fallecimiento, por lo visto había bebido y se presentó a llorar en la puerta de la tienda, donde la estaban velando; gritaba desconsolado:

  • ¡Señora María!
  • ¡aquí esta lo que le debo!
  • ¡Señora María!
  • ¡aquí esta lo que le debo!

No sé si me daba pena el hombre, pero su llanto me provoco llanto, lloraba la verdad no lo sé bien, lloraba su ausencia. Mientras el señor continuaba gritando desconsolado:

  • ¡Señora María!
  • ¡aquí esta lo que le debo!

Ninguno de sus hijos quiso seguir el negocio familiar, cada uno tiro para su lado, los nietos solo pudimos saborear por unos años la gloria de buenas cosechas, de abundancia de cariño, caricias y de vivir tranquilos.

Fueron los mejores años de mi vida.